Gatopardismo
Lo que pienso luego de haber leído "El Gatopardo", uno de mis libros favoritos de 2025.
Este es el artículo que se me había quedado escrito antes de las noticias de Venzuela. Ahí va:
“Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”.
Así encontré, en la página 57 —en un diálogo que podría pasar inadvertido el marco del resto de la novela — la frase que en gran medida ha definido la persistencia de El Gatopardo, el libro escrito en los años 50 por el italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. De esa frase se deriva el nombre de revistas, análisis políticos y el uso a menudo superficial de referencias a la novela que han hecho diversos columnistas, yo incluido.
Sin embargo, como mencioné en mi anterior columna, fue uno de mis libros preferidos de 2025.
El Gatopardo retrata el ocaso de la aristocracia siciliana durante la unificación italiana del siglo XIX, a través de Fabrizio, príncipe de Salina, obligado a acomodarse al giro que trae la expedición de los “camisas rojas” de Garibaldi y el paso del viejo orden borbónico al naciente Reino de Italia. Fabrizio, con resignación y plena consciencia, observa cómo el mundo que conocía se desvanece.
Su sobrino, Tancredi —de quien brota la famosa frase del libro—, se adapta con astucia al nuevo orden al casarse con la hija del advenedizo millonario Don Calogero, símbolo de una burguesía ascendente que gana espacio con el cambio de régimen.
Lampedusa nació en Palermo a finales del siglo XIX, heredero de una antigua estirpe nobiliaria siciliana que inspiraría su novela. Vivió entre palacios y bibliotecas, pero solo en la madurez, ya en los años cincuenta, se decidió a escribir el libro que retratara ese mundo en retirada. Concluyó El Gatopardo en 1956, pero no alcanzó a verlo publicado: su aparición sería póstuma, tras varios rechazos editoriales, y terminaría por convertirse en uno de los grandes clásicos de la literatura italiana.
Su libro ha sido usado en referencias contemporáneas, sobre todo, para describir el amplio acervo de “lagartos” de la política que siempre parecen caer parados: los que no dudan en pasar de uribistas a petristas con tal de mantener su poder incólume, fieles a la máxima de que “para que todo siga igual, todo debe cambiar”.
Sin embargo, tras leer la novela, esa comparación me parece equivocada. Para Fabrizio y su clase, la cosa sí cambió: pese a sus intentos de adaptación, la aristocracia que representaba termina siendo desplazada, lenta pero inexorablemente, por Don Calogero y por los nuevos poderes que ascienden con el régimen. Lo persistente, más bien, es la resignación al cambio —como seguramente lo tenía claro Lampedusa— en una Sicilia históricamente condenada a ser conquistada y que, todavía hoy, parece atrapada en ciclos de pobreza y violencia, sin que el relevo de banderas altere el fondo de su destino.
Más allá de ser una novela extraordinaria —y de esa rara coincidencia de contar con una película igual o incluso mejor que el libro, la de 1963 dirigida por Luchino Visconti, que probablemente ayudó a fijar en el imaginario los paisajes sicilianos que luego se usarían con brillantez en El Padrino—, quizás lo que más perdura de El Gatopardo no es la falsa lección sobre los méritos de la “lagartería”, sino la decadencia de Fabrizio y de la Sicilia que encarna.
Porque en esos esfuerzos por “cambiarlo todo para que nada cambie”, tan comunes en la política y en otras actividades ligadas a estructuras de poder, puede terminarse obteniendo lo peor de dos mundos: no solo se pierde el poder, sino también la identidad.
Adenda: el paréntesis sobre la película no es gratuito: es, de verdad, una obra que vale la pena, de las mejores que vi en 2025. Para mí, el “clímax” es el vals entre Angélica —hija de Don Calogero— y Fabrizio, mientras su familia observa, sin esconder el desagrado, cómo esa escena “en sociedad” representa la aceptación de la nueva burguesía por parte de la aristocracia. Es una de las mejores secuencias de cine que he visto en años.








David qué buen escrito. De verdad es un disfrute leerlo y recibir su análisis en medio de tantos acontecimientos